13.03.2026 – 30.04.2026
Curated by Maria Ribas Ferrer
El sol cae vertical sobre el plástico agrietado. No hay agua en la piscina. No hay cuerpos deslizándose por el tobogán azul que serpentea sin destino. Solo el viento, que atraviesa las estructuras como si buscara todavía el eco de un grito, una risa, una caída al agua.
Durante más de quince años, Pol Viladoms ha recorrido parques acuáticos abandonados en distintos puntos del mundo. No los busca como quien persigue una rareza arquitectónica, sino como quien rastrea un síntoma. Aftersun no es únicamente una investigación sobre ruinas contemporáneas; es una indagación sobre el agua como dispositivo cultural y sobre la transformación del ocio en mercancía.
El agua, antes de ser espectáculo, fue umbral. En las termas romanas, el baño organizaba la vida social y económica; no era intimidad, sino esfera pública. En el mundo islámico, los hammams son lugares donde el agua purifica el cuerpo y reordena simbólicamente la comunidad. Como escribió Mary Douglas, la pureza nunca es solo higiene: es un sistema de clasificación del mundo. Sumergirse implicaba atravesar un límite y pertenecer.
Más tarde, en el siglo XIX, los balnearios burgueses consolidaron una ética del descanso reglado: el ocio como salud, la estancia termal como capital simbólico. El agua estructuraba tiempos y jerarquías. Pero en el tránsito hacia finales del siglo XX, algo se acelera. El rito se comprime. La espera se monetiza. El encuentro se convierte en flujo de visitantes.
El parque acuático emerge entonces como una prótesis del litoral y del calor. No prolonga la naturaleza: la intensifica, la exagera, la convierte en circuito cerrado. Dean MacCannell analizó cómo el turismo moderno persigue experiencias “auténticas” dentro de escenarios cuidadosamente construidos. Aquí, la autenticidad es sustituida por adrenalina repetible. El agua deja de ser elemento relacional para convertirse en superficie de deslizamiento, en promesa de vértigo, en una fotografía para enviar.
Viladoms llega cuando el espectáculo ha terminado.
Sus imágenes no registran el colapso violento, sino la retirada lenta. El color aún resiste en los toboganes, pero el depósito está seco. La vegetación invade los márgenes. El hormigón conserva la forma del deseo que lo produjo. Marc Augé habló de los “no lugares” de la sobremodernidad: espacios de tránsito sin memoria. Sin embargo, estos parques fueron lugares intensamente vividos. Allí se celebraron cumpleaños, veranos escolares, primeros amores. El abandono no borra esa densidad; la suspende.
En Aftersun, el tiempo se vuelve visible.
El parque acuático fue una liminalidad programada: un territorio donde el cuerpo podía gritar, correr, mojarse sin medida. Una comunidad efímera organizada por la espera y el descenso. Hoy ya no es el exceso lo que domina, sino la quietud. El silencio ocupa el lugar del estruendo.
La formación arquitectónica del artista se percibe en la precisión del encuadre. No hay dramatización excesiva ni nostalgia impostada. Hay distancia y, al mismo tiempo, implicación. El fotógrafo conoce la lógica constructiva de aquello que observa: sabe cómo se sostuvo, cómo funcionó, cómo se deteriora. Pero lo que emerge no es un estudio técnico, sino una meditación sobre la economía del placer.
Las imágenes no son cínicas. Hay en ellas una extraña ternura, una decadencia amable. Como si el agua, aun ausente, siguiera organizando el espacio.
Aftersun no habla únicamente de turismo o de urbanismo desmedido. Habla de cómo las sociedades construyen escenarios para encontrarse y de qué ocurre cuando estos dejan de ser necesarios. Habla del paso del ritual al espectáculo y del espectáculo a la ruina. Habla de la evaporación de una forma de felicidad colectiva.
El sol sigue cayendo sobre la piscina vacía. La estructura permanece. El deseo que la levantó ya no está. Y en esa distancia, entre lo que fue y lo que resiste, se sitúa la mirada del artista (o fotógrafo): atenta, contenida, consciente de que incluso los lugares más triviales guardan la sedimentación de una época.
Porque el agua nunca fue solo agua. Fue siempre una forma de estar juntos. Y quizá lo que vemos aquí no es la ruina de un parque, sino el rastro de esa comunidad momentánea que un día creyó que el verano podía durar para siempre.